En la capital báltica lleva poco tiempo

Alberto Sánchez León nació en Sevilla, a los pies del Benito Villamarín, el campo del Real Betis Balompié, y ahora vive en Letonia. De los termómetros derretidos de la capital hispalense ha pasado al hielo y a las nieves que inundan cada día las calles de Riga…20 de diciembre de 2010

Opus Dei -

Alberto Sánchez León tiene 32 años, es Numerario del Opus Dei, y se ordenó sacerdote hace un año y poco. Nació en Sevilla, a los pies del Benito Villamarín, el campo del Real Betis Balompié, y ahora vive en Letonia. De los termómetros derretidos de la capital hispalense ha pasado al hielo y a las nieves que inundan cada día las calles de Riga, con dos experiencias intermedias, su estancia en Navarra, donde se licenció en Filosofía y Letras, y su breve periplo vallisoletano en la capellanía del Colegio Mayor Peñafiel.

En la capital báltica lleva poco tiempo. Con ilusión, sentido del humor, un poco de jamón serrano y dos cajas de bombones aterrizó el 11 de septiembre y ahora está en fase de “implantación”, con muchas ganas de ser pronto un letón más.

La verdad es que no tenía muchas referencias de Letonia antes del desembarco. “Sabía que Riga era la ciudad donde se editaron por primera vez las tres críticas de Kant y conocía su vanguardismo artístico con figuras como Rothko, natural de Duagavpils. Sabía además que es un país en el que, por desgracia, no hay muchos católicos, pero poco más”.

Con el consejo de que “la paciencia es virtud de los comienzos” grabada a fuego, don Alberto aprende letón en la Universidad, con un refuerzo de siete horas y media de clases particulares. Después de estos primeros meses “sé mi nombre y poco más… Sé poquillo. Ahora empiezo a distinguir cuando empieza una palabra y comienza la siguiente. Es un avance que me da alas”.

Opus Dei - Familiares de D. Alberto, en el día de su ordenación sacerdotal

Familiares de D. Alberto, en el día de su ordenación sacerdotal

Muchos le han dicho que este cambio de residencia “ha sido una locura”, pero él ya quiere ser “letón hasta la médula, sin dejar de ser español. Ser católico es tener un corazón en el que quepan todas las nacionalidades”.

De momento atiende un Centro de mujeres del Opus Dei y forma parte de su labor pastoral aprender el letón “porque con ello podré llegar a más”. Aunque sabe que “la amistad se forja con el tiempo”, en estos meses ha coincidido con gente muy diversa “pero no es fácil profundizar en la amistad, ya que el idioma es una barrera de acero. Voy conociendo a gente poco a poco, sobre todo en la Universidad, pero allí hay gente que quiere aprender letón porque no son de allí, como es lógico. También he conocido a letones haciendo deporte con ellos, pero es difícil tener conversaciones de calado. Cada vez veo más claro que lo de Babel fue una cosa seria”.

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En Letonia los hombres y mujeres de la Obra tienen “la ilusión de sembrar bien esa semilla, de cuidarla, de trabajarla, y después… Dios nos colmará de frutos, que son frutos para toda la Iglesia”. Con cariño y comprensión trata también de ayudar a los sacerdotes letones que ejercen su ministerio en estas tierras. Las sesiones personalizadas de letón se las da Karlis, un señor de 70 años que fue pescador y que sabe algo de español. “Nos reímos mucho en las clases y estoy encomendando que se convierta. A veces le pido que me ayude a pronunciar bien las palabras de la oración introductoria para hacer la oración, y se queda pasmado de lo bonita que es”.

Como en muchas ocasiones de su vida, las anécdotas de sus primeros días en Letonia son abundantes, muchas de ellas son fruto de la disparidad lingüística. Como recuerda, en uno de sus primeros días como nuevo universitario “la profesora me preguntó delante de todos, algo así cómo vai tu esi katolu priesteris?, que, como es obvio, significa ¿eres sacerdote católico? Yo en ese momento no tenía ni idea de que katolu significaba católico. Entonces no entendí absolutamente nada y le dije a la profesora: es nezinu (no lo sé). Después me di cuenta de lo que había pasado y traté de deshacer el entuerto”.

En su infancia sevillana, Alberto sólo vio la nieve de corcho sobre el Portal de Belén que montaban en la casa de sus padres, situada en el barrio de Heliópolis. Ahora, en pleno tiempo de Navidad, Priesteris Alberts le pide a los Reyes Magos “fuerzas… y ropa de invierno, porque aquí el invierno es un poco más largo… y un poco más invierno”. En su familia se ha despertado un gran interés por todo lo que tiene que ver con Letonia, y entre sus abuelos, padres, hermanos, cuñados, sobrinos, tíos y primos, cada uno pone lo que puede por la labor de la Obra en los países bálticos. Sus padres, José Antonio y Fina, andan ahora afanados en conseguir dinero entre amigos y conocidos para comprar el nuevo sagrario de la futura residencia de los chicos del Opus Dei que se prevé instalar en Riga.

Aunque no hay AVE ni vuelos directos, entre Sevilla y Letonia ha nacido otra conexión de alta velocidad. Ahora, en la ciudad andaluza, al menos entre los Sánchez León, ya no hay lugar para la queja cuando parece que hace frío, ni en la calle, ni en el ambiente.

de opusdei.es

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