75 años de la romería a Sonsoles

Con ocasión de este aniversario, el club Torcal de Majadahonda (Madrid) ha organizado una romería familiar siguiendo las huellas que anduvieron el fundador del Opus Dei y sus acompañantes hace 75 años.03 de mayo de 2010

Varias familias llegaron en tren a la estación de Ávila a las 10:30 del 2 de mayo. Desde allí, bajaron andando por la cuesta de los tres conques hasta el convento de Santo Tomás. El camino antiguo al Santuario de Sonsoles sigue practicable y lo hacen a pie muchos abulenses, algunos a diario. Rezaron la primera parte del Rosario por el camino de tierra que transcurre todavía entre barbechos y trigales.

Opus    Dei - Al finalizar la romería muchas familias se quisieron hacer una    foto con la Virgen de Sonsoles

Al finalizar la romería muchas familias se quisieron hacer una foto con la Virgen de Sonsoles

Al llegar a Sonsoles, después del repecho de la cuesta de la colina coronada por el Santuario pudieron refrescarse en las fuentes del parque que rodea a la Iglesia. En la entrada del Santuario esperaban el resto de las famlias de Torcal que habían viajado en coche.

En la Misa de una, D. Matías contó la historia de esta advocación de la Virgen que narra San Josemaría en el libro de homilías Es Cristo que pasa: “En aquella romería a Sonsoles conocí el origen de esta advocación de la Virgen. Un detalle sin mucha importancia, pero que es una manifestación filial de la gente de aquella tierra. La imagen de Nuestra Señora que se venera en aquel lugar, estuvo escondida durante algún tiempo, en la época de las luchas entre cristianos y musulmanes en España. Al cabo de algunos años, la estatua fue encontrada por unos pastores que -según cuenta la tradición-, al verla comentaron: ¡Qué ojos tan hermosos! ¡Son soles!” (Es Cristo que pasa, n. 139).

Opus Dei - La romería comenzó en la estación de tren de Ávila

La romería comenzó en la estación de tren de Ávila

Después de la Misa, las más de 230 personas se dispersaron para comer en pequeños grupos por las mesas de piedra y el césped que rodean la ermita. A las cuatro rezaron el Rosario en el Santuario, con la mente en aquella primera romería de San Josemaría, origen de tantos cientos de miles en el mundo: desde Chile a Japón, pasando por Vancouver, Boston, Nueva York, Buenos Aires, Río de Janeiro, Viena, Tokio, Kinshasa, Nueva Delhi…

Historia de la primera romería a Sonsoles
El pasado 2 de mayo se han cumplido setenta y cinco años de la romería que San Josemaría Escrivá de Balaguer hizo en el Santuario de la Virgen de Sonsoles en el año 1935. Aconsejó, desde entonces, a todos los fieles del Opus Dei, que incorporasen en sus vidas la costumbre filial de acudir -en el mes de mayo- a honrar a la Virgen María en algún santuario mariano. Le acompañaron Ricardo Fernández Vallespín, estudiante de penúltimo curso de Arquitectura y José María González Barredo.

El año anterior, Ricardo había sufrido un ataque de reumatismo tan agudo que, si se prolongaba, no le permitiría presentarse a examen en la Escuela de Arquitectura. Pidió por su pronto restablecimiento e hizo una promesa a la Virgen. Pasó el examen, y cuando se lo contó a don Josemaría, pertenecía ya a la Obra, y el Fundador le dispensó de su cumplimiento, ya que la promesa requería desplazarse de Madrid a Ávila andando.

Opus Dei - Un pequeño grupo de romeros

Un pequeño grupo de romeros

Y ahora, cuando se acercaba el final de curso y contaba en Ferraz con un buen plantel de gente joven, don Josemaría hizo suya la idea de Ricardo. Quería agradecer a Nuestra Señora, de una manera especial, los favores que de ella habían recibido ese curso. Iría acompañado de Ricardo y de José María González Barredo a Sonsoles el dos de mayo.

“Decidida la marcha a Sonsoles -cuenta San Josemaría-, quise celebrar la Santa Misa en DYA antes de emprender el camino de Ávila. En la Misa, al hacer el memento, con empeño muy particular -más que mío- pedí a nuestro Jesús que aumentara en nosotros -en la Obra- el Amor a María, y que este Amor se tradujese en hechos. Ya en el tren, sin querer, anduve pensando en lo mismo: la Señora está contenta, sin duda, del cariño nuestro, cristalizado en costumbres virilmente marianas: su imagen, siempre con los nuestros; el saludo filial, al entrar y salir del cuarto; los pobres de la Virgen; la colecta de los sábados; omnes… ad Jesum per Mariam; Cristo, María, el Papa… Pero, en el mes de mayo, hacía falta algo más. Entonces, entreví la “Romería de Mayo”, como costumbre que se ha de implantar -que se ha implantado- en la Obra”. (Vázquez de Prada, pág. 547).

Opus Dei - Unos pastores al verla comentaron: ¡Qué ojos tan    hermosos! ¡Son soles!

Unos pastores al verla comentaron: ¡Qué ojos tan hermosos! ¡Son soles!”

Los tres conques
El 2 de mayo salieron en tren hacia Ávila desde la estación Príncipe Pío de Madrid. Ávila, vieja ciudad castellana rodeada de murallas, está situada sobre una colina que bordea el río Adaja, entre las llanuras del Amblés y de La Nava. La estación del ferrocarril se encuentra fuera de las murallas, en una de las zonas de expansión de la ciudad.

Opus Dei - En la Misa de una, D. Matías contó la historia de esta    advocación de la Virgen que narra San Josemaría en el libro de homilías    Es Cristo que pasa

En la Misa de una, D. Matías contó la historia de esta advocación de la Virgen que narra San Josemaría en el libro de homilías Es Cristo que pasa

Desde la estación, bajaron una empinada cuesta hasta el convento de Santo Tomás, de los dominicos. En ocasiones, San Josemaría contaba la anécdota que dio nombre a ese repecho: Cuando hicimos la primera romería, bajamos una pendiente que tantas fatigas causa a quien sube desde el convento de Santo Tomás hasta Ávila. La llaman la cuesta de los tres conques, porque cuentan que antiguamente, al salir del convento, los buenos frailes mirando la pendiente comentaban: con que estamos subiendo la cuesta… Al llegar a la mitad se paraban a respirar un poco y decían: con que estamos a la mitad de la cuesta… Por fin, cuando se hallaban en lo alto, jadeantes por el esfuerzo, se miraban satisfechos y exclamaban: con que ya hemos terminado la cuesta…

Las espigas
El Santuario de Sonsoles dista de la ciudad unos cuatro kilómetros. El camino es llano y polvoriento, y al principio discurría entre caminos de cereales y rojizos barbechos. La ermita está situada sobre un alto que rompe levemente la monotonía de la extensa llanura.

Opus Dei - Tras la Misa, las familias se organizaron en pequeños    grupos para comer en las mesas de piedra y el césped que rodean la    ermita

Tras la Misa, las familias se organizaron en pequeños grupos para comer en las mesas de piedra y el césped que rodean la ermita

“En aquella romería, (…) mientras caminábamos hacia la ermita de Sonsoles, pasamos junto a unos campos de trigo. Las mieses brillaban al sol, mecidas por el viento. Vino entonces a mi memoria un texto del Evangelio, unas palabras que el Señor dirigió al grupo de sus discípulos: ¿No decís vosotros: ea, dentro de cuatro meses estaremos ya en la siega? Pues ahora yo os digo: alzad vuestros ojos, tended la vista por los campos y ved ya las mieses blancas y a punto de segarse (Ioh IV, 35.). Pensé una vez más que el Señor quería meter en nuestros corazones el mismo afán, el mismo fuego que dominaba el suyo. Y, apartándome un poco del camino, recogí unas espigas para que me sirvieran de recordatorio”. (Es Cristo que pasa, n. 146)

En la parte final del trayecto, el camino serpea para salvar las irregularidades del terreno. Habían acabado la primera parte del Rosario, y abandonaron la senda principal para tomar un atajo.

Una abubilla
“Desde Ávila -cuenta San Josemaría-, veníamos contemplando el Santuario, y -es natural-, al llegar a la falda del monte desapareció de nuestra vista la Casa de María. Comentamos: así hace Dios con nosotros muchas veces. Nos muestra claro el fin, y nos le da a contemplar, para afirmarnos en el camino de su amabilísima Voluntad. Y, cuando ya estamos cerca de El, nos deja en tinieblas, abandonándonos aparentemente. Es la hora de la tentación: dudas, luchas, oscuridad, cansancio, deseos de tumbarse a lo largo… Pero, no: adelante. La hora de la tentación es también la hora de la Fe y del abandono filial en el Padre-Dios.

Opus Dei - A las cuatro rezaron el Rosario en el Santuario, con la    mente en aquella primera romería de San Josemaría

A las cuatro rezaron el Rosario en el Santuario, con la mente en aquella primera romería de San Josemaría

¡Fuera dudas, vacilaciones e indecisiones! He visto el camino, lo emprendí y lo sigo. Cuesta arriba, ¡hala, hala!, ahogándome por el esfuerzo: pero sin detenerme a recoger las flores, que, a derecha e izquierda, me brindan un momento de descanso y el encanto de su aroma y de su color… y de su posesión: sé muy bien, por experiencias amargas, que es cosa de un instante tomarlas y agostarse: y no hay, en ellas para mí, ni colores, ni aromas, ni paz”. (Vázquez de Prada, pág. 548)

“Cuando llegaron a la ermita, San Josemaría sugirió que cada uno pidiera algo a la Virgen, y rezaron la parte del Rosario del día a los pies de la Virgen de Sonsoles. En el camino de regreso a Ávila, que hicieron también a pie, rezaron la tercera parte del Rosario de la que refiere San Josemaría una pequeña anécdota: al volver, mientras rezábamos ¡en latín! el Santo Rosario, voló, atravesando el camino, una abubilla. Me distraje, y -grité- ¡una abubilla! Nada más: seguimos nuestro rezo; yo, un poco avergonzado. ¡Cuántas veces los pájaros de una ilusión mundana quieren distraernos de tus apostolados! Con tu gracia, no más, Señor”. (Vázquez de Prada, pág. 548-549)

El fundador del Opus Dei estuvo en otras ocasiones rezando ante la Virgen de Sonsoles. Una placa colocada en la pared con motivo de la canonización de San Josemaría recuerda su particular vinculación con este santuario:

Opus Dei - Una placa colocada en la pared con motivo de la    canonización de San Josemaría recuerda su particular vinculación con    este santuario

Una placa colocada en la pared con motivo de la canonización de San Josemaría recuerda su particular vinculación con este santuario

EN MEMORIA DE
SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER
FUNDADOR DEL OPUS DEI
Y PARA CONSTANCIA DE
SU ENTRAÑABLE VINCULACIÓN
A ESTE SANTUARIO
DE NTRA. SRA. DE SONSOLES
AL QUE SUBIÓ EN ROMERÍA
EL 2 DE MAYO DE 1935
Y VECES SUCESIVAS
EL PATRONATO ACORDÓ
COLOCAR ESTA PLACA
CON MOTIVO DE SU CANONIZACIÓN

ÁVILA, 26 DE JUNIO DE 2003

Mayo 3, 2010

El amor entre los padres genera en la familia un ambiente que facilita la educación y el servicio a los demás. Este es el tema de un editorial sobre la misión educativa de la familia, del que publicamos la primera parte.

01 de mayo de 2010

El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, «única criatura que Dios ha querido por sí misma»[1], cuando nace –y durante un largo período de tiempo–, depende mucho del cuidado de sus padres. Aunque desde el momento de la concepción goza de toda la dignidad de la persona humana, que debe ser reconocida y custodiada, también es un hecho que necesita tiempo y ayuda para alcanzar toda su perfección. Este desarrollo –que no es automático ni autónomo, sino libre y en relación con los demás– es el objeto de la educación.

La misma etimología del término subraya la necesidad que el ser humano tiene de la educación como parte esencial de su perfeccionamiento. Educar viene del latín “ducere”, que significa “guiar”. El hombre necesita ser guiado por otros para perfeccionar sus facultades. También proviene de “educere”, que significa “extraer”. Precisamente, lo propio de la educación es “extraer el mejor yo” de cada uno, desarrollar todas las capacidades de la persona. Las dos facetas –guiar y desarrollar– constituyen como el fundamento de la tarea educativa.

Opus Dei - Foto  dinamik

Foto dinamik

LOS PADRES, PRIMEROS Y PRINCIPALES EDUCADORES

No resulta muy difícil entender que –como tantas veces ha afirmado el Magisterio de la Iglesia–, «los padres son los primeros y principales educadores de sus hijos»[2]. Es un derecho–deber que tiene su raíz en la ley natural y, por eso, todos comprenden, aunque en algún caso sea sólo de una manera intuitiva, que existe una continuidad necesaria entre la transmisión de la vida humana y la responsabilidad educadora.

Produce un rechazo espontáneo pensar que los padres se pudieran desentender de sus hijos una vez que los han traído al mundo, o que su función se podría limitar a atender las necesidades físicas de los hijos, despreocupándose de las intelectuales, morales, etc. Y la raíz de este rechazo natural es que la razón humana entiende que el ámbito primario para la acogida y el desarrollo de la vida del hombre es la comunidad conyugal y familiar.

La Revelación y el Magisterio asumen y profundizan los motivos racionales por los que los padres son los primeros educadores. «Habiéndolos creado Dios hombre y mujer, el amor mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre»[3].

En el designio divino, la familia, «es una comunión de personas, reflejo e imagen de la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo. Su actividad procreadora y educativa es reflejo de la obra creadora de Dios»[4]. La transmisión de la vida es un misterio que supone la cooperación de los padres con el Creador para traer a la existencia un nuevo ser humano, imagen de Dios y llamado a vivir como hijo suyo. Y la educación participa plenamente de este misterio. Este es el motivo de fondo por el que la Iglesia ha afirmado siempre que «por su naturaleza misma, la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y a la educación de la prole y con ellas son coronados como su culminación»[5].

Opus Dei - Foto  Shlomaster

Foto Shlomaster

Pertenece a la esencia del matrimonio la apertura a la vida, que no se reduce a la sola procreación de los hijos, sino que incluye la obligación de ayudarles a vivir una vida plenamente humana y en relación con Dios.

El misterio de la Redención ofrece luces sobre la misión educativa de los padres en el designio de Dios. Jesucristo, que con sus palabras y con sus hechos «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre, y le descubre la sublimidad de su vocación»[6], quiso encarnarse y ser educado en una familia. Además, quiso elevar el matrimonio a la condición de sacramento, llevándolo a su plenitud en el plan salvífico de la Providencia.

A ejemplo de la Sagrada Familia, los padres son cooperadores de la providencia amorosa de Dios para dirigir a su madurez a la persona que se les ha confiado, acompañando y favoreciendo, desde la infancia hasta la edad adulta, su crecimiento en sabiduría, en edad y en gracia, ante Dios y ante los hombres[7].

Juan Pablo II sintetizaba toda esta doctrina, explicando que eran tres las características del derecho-deber educativo de los padres[8]:

– es esencial, por estar vinculado con la transmisión de la vida humana;

– es original y primario, respecto al papel de otros agentes educativos –derivado y secundario–, porque la relación de amor que se da entre padres e hijos es única y constituye el alma del proceso educativo;

– y es insustituible e inalienable: no puede ser usurpado ni delegado completamente. Consciente de esta realidad, la Iglesia ha enseñado siempre que el papel de los padres en la educación «tiene tanto peso que, cuando falta, difícilmente puede suplirse»[9]. De hecho, el oscurecimiento de estas verdades ha llevado a muchos padres al descuido, e incluso al abandono, de su papel insustituible, hasta el punto que Benedicto XVI ha hablado de una situación de «emergencia educativa»[10], que es tarea de todos afrontar.

EL FIN Y EL ALMA DE LA TAREA EDUCATIVA

«Dios que ha creado al hombre por amor lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano»[11]. Puesto que el amor es la vocación fundamental e innata del hombre, el fin de la misión educativa de los padres no puede ser otro que enseñar a amar. Este fin queda reforzado por el hecho de que la familia es el único lugar donde las personas son amadas no por lo que tienen, lo que saben o lo que producen, sino por su condición de miembros de la familia: esposos, padres, hijos, hermanos.

Opus Dei - Foto  Glendali

Foto Glendali

Son muy significativas las palabras de Juan Pablo II: «En una perspectiva que además llega a las raíces mismas de la realidad, hay que decir que la esencia y el cometido de la familia son definidos en última instancia por el amor (…) Todo cometido particular de la familia es la expresión y la actuación concreta de tal misión fundamental»[12].

Pero, ¿cómo llevar a cabo esta misión? La respuesta es siempre la misma: con amor. El amor no es sólo el fin, sino también el alma de la educación. Juan Pablo II, después de describir las tres características esenciales del derecho-deber educativo de los padres, concluía que, «por encima de estas características, no puede olvidarse que el elemento más radical, que determina el deber educativo de los padres, es el amor paterno y materno que encuentra en la acción educativa su realización, al hacer pleno y perfecto el servicio a la vida.

El amor de los padres se transforma de fuente en alma, y por consiguiente, en norma, que inspira y guía toda la acción educativa concreta, enriqueciéndola con los valores de dulzura, constancia, bondad, servicio, desinterés, espíritu de sacrificio, que son el fruto más precioso del amor»[13].

En consecuencia, ante la “emergencia educativa” de la que habla Benedicto XVI, el primer paso es volver a recordar que la meta y el motor interno de la educación es el amor. Y que, frente a las imágenes deformadas del auténtico rostro del amor, los padres, partícipes y colaboradores del amor Dios, tienen la capacidad y la gozosa misión de transmitir, de manera viva, su verdadero significado.

La educación de los hijos es proyección y continuación del mismo amor conyugal y, por eso, el hogar familiar que nace como desarrollo natural del amor de los esposos es el ambiente adecuado para la educación humana y cristiana de los hijos. Para éstos, la primera escuela es el amor que se tienen sus padres. A través de su ejemplo reciben, desde pequeños, una auténtica capacitación para el amor verdadero.

Por este motivo, el primer consejo que el fundador del Opus Dei daba a los esposos era que custodiaran y reconquistaran cada día su amor, porque es la fuente de energía, lo que realmente da cohesión a toda la familia.

Si hay amor entre los padres, el ambiente que respirarán los hijos será de entrega, de generosidad. El clima del hogar lo ponen los esposos con el cariño con que se tratan: palabras, gestos y mil detalles de amor sacrificado.

La caridad lo llenará así todo, y llevará a compartir las alegrías y los posibles sinsabores; a saber sonreír, olvidándose de las propias preocupaciones para atender a los demás: a escuchar al otros cónyuge, o a los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar por alto menudos roces sin importancia que el egoísmo podría convertir en montañas; a poner un gran amor en los pequeños servicios de que está compuesta la convivencia diaria
[14].

Opus Dei - Foto  jonmarc

Foto jonmarc

Cosas pequeñas, casi siempre, que un corazón enamorado sabe ver como grandes y que, desde luego, tienen una enorme repercusión en la formación de los hijos, aun en los de más corta edad.

Puesto que la educación es continuación necesaria de la paternidad y maternidad, la participación común de los dos esposos se extiende también a la educación. La misión educativa reside en los padres precisamente en cuanto matrimonio; cada esposo participa solidariamente de la paternidad o maternidad del otro. No hay que olvidar que el resto de agentes educativos –colegio, parroquia, club juvenil, etc.– son colabores de los padres: su ayuda es prolongación –nunca sustitución– del hogar. En definitiva, para la misión de construir el hogar son necesarios los dos cónyuges. Dios da su gracia para suplir la forzosa ausencia de uno, pero lo que no cabe es la inhibición o renuncia voluntaria.

Es claro que el mundo ha sufrido enormes cambios sociales y laborales que tienen su repercusión también en la familia. Entre otros fenómenos, ha crecido el número de hogares en los que tanto el marido como la esposa tienen un trabajo profesional fuera del hogar, no pocas veces muy absorbente. Cada generación tiene sus problemas y sus recursos y no es forzosamente peor lo uno que lo otro, ni se puede caer en casuísticas.

Opus Dei - Foto  hortongrou

Foto hortongrou

En cualquier caso, el amor sabe anteponer la familia al trabajo, y es imaginativo para suplir horas de dedicación con una mayor intensidad de trato. Además, no se puede olvidar que los dos esposos han de estar implicados en la construcción del hogar, sin caer en la idea equivocada de que el trabajo fundamental del varón es ganar dinero, dejando en manos de la mujer las labores de la casa y la educación de los hijos. A María y José, que vieron crecer a Jesús en sabiduría, en edad y en gracia[15], confiamos la misión de los padres, cooperadores de Dios en una labor de gran trascendencia y de suma belleza.

M. Díez
——————
[1] Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 24.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1653.

[3] Ibidem, n. 1604.

[4] Ibidem, n. 2205.

[5] Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 48.

[6] Ibidem, n. 22.

[7] Lc 2, 52.

[8] Cfr. Juan Pablo II, Exhort. apost. Familiaris consortio, 22-XI-1981, n. 36.

[9] Conc. Vaticano II, Decl. Gravissimum educationis, 28-X-1965, n.3.

[10] Benedicto XVI, Mensaje a la diócesis de Roma sobre la tarea urgente de la educación, 21-I-2008.

[11] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1604.

[12] Juan Pablo II, Exhort. apost. Familiaris consortio, 22-XI-1981, n. 17.

[13] Ibidem, n. 36.

[14] Es Cristo que pasa, n. 23.

[15] Cfr. Lc 2, 52.

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