La historia de Honoré

Honoré Traoré nació en Agboville (Costa de Marfil). Su padre era cristiano aunque no practicaba la religión y había tenido once hijos; su madre era pagana con ideas musulmanas. Sin embargo, de pequeño iba a misa a una iglesia católica con una de sus hermanas todos los domingos.

Su primer contacto, ya mayor, con la religión fue a través de su hermano mayor, que conoció a los evangelistas bautistas. Recordó sus misas de pequeño y decidió asistir al catecumenado como preparación a su bautismo como católico. Durante un año acudió a los cursos, pero al año siguiente no. “Sin embargo, mantuve la inquietud religiosa”. El consejo de un amigo le sirvió para volver al catecumenado.

San Josemaría Escrivá. Imagen en el Ateneo de Teología (Madrid)Ese amigo le invitó a una charla de formación cristiana que impartía un miembro del Opus Dei, en Yamoussoukro. “Así tenía dos fuentes de formación cristiana. Y las charlas de aquella persona reforzaban todo lo que aprendía en el curso de catecumentado”. Lo que más le llamaba la atención era que aquella persona recorría 350 kilómetros desde Abidjan, cada fin de semana, para impartir la charla. “Se lo dije a mi amigo y me contestó que lo hacía todo por Dios”. Esta explicación fue decisiva. “Yo quiero ser como él, aunque entonces no pensaba en una vocación específica, sino únicamente en servir a los demás”. Aprendió a rezar el rosario y otras oraciones cristianas, a la vez que iba conociendo la vida del fundador del Opus Dei, en las conversaciones periódicas que tenía con su amigo.

“Este amigo me aconsejó leer Al paso de Dios, una biografía de san Josemaría Escrivá. Al leerlo entendí que Dios nos habla a cada uno directamente. Y esto en el paganismo no ocurre, porque el dios pagano puede ser cualquier cosa, a la que se adora y se confía. Pero no es un dios con el cual se puede tener relación de amor personal. Poco a poco caí en la cuenta de que el espíritu del Opus Dei me atraía como modelo de vida cristiana. A pesar de que todavía no estaba bautizado, me sentía realmente feliz, como si tuviera una luz interior”.

A los 20 años se bautizó junto con otros amigos. “Cuando murió una pariente muy querida, una de mis hermanas estaba muy triste y le dije que, gracias a las oraciones ofrecidas por aquella persona, podía tener la seguridad de que estaba en el cielo. Ahora, tenemos que hacer todo lo posible para vernos de nuevo allí. Mi hermana me miró sorprendida y preguntó. ¿Qué hay que hacer? Y le contesté: bautizarse”. A partir de ahí, empezó el catecumenado y el resto de hermanos y su madre fueron preparándose para el bautismo. Su padre volvió a la práctica religiosa un año después y tres años más tarde, sus padres se casaron por la Iglesia Católica. “Ahora todos somos bautizados, salvo los dos mayores que ya tienen el catecumenado hecho”.

“Cuando pedí la admisión en el Opus Dei en 1987, mi padre no practicaba todavía y mi madre no era cristiana. Por lo tanto, intentar explicarles que había recibido una vocación sobrenatural era algo difícil”. Recuerda que su padre se dio cuenta de que algo había cambiado en su hijo, pero “nunca me dijo nada en contra”, añade Honoré.

Siguiendo la tradición africana, decidió explicárselo primero a su hermano mayor. “Y a pesar de que mi hermano no estaba bautizado le expliqué mi vocación”. Recuerda la contestación. “Esto es absurdo, pero lo pensaré”. En 1990 este hermano viajó a Abidjan, donde Honoré realizaba los estudios universitarios.

“Al conocer el ambiente cristiano en el que vivía, lo entendió y se hizo responsable de las posibles incomprensiones que yo tuviera en casa al respecto. Me propuse que mi padre conociera la Obra. Le regalé el libro Camino y nos escribíamos con frecuencia. Siempre encabezaba sus cartas con un “me fío de ti”, palabras que siempre me sorprendieron”.

En 1994 les escribió, desde Francia, diciendo que iba a Roma para estudiar teología. Su padre contestó: “No lo entiendo, pero como tu sí lo entiendes, estoy tranquilo”. Poco después sus padres se trasladaron a vivir a una ciudad más cercana a Abidjan y así pudieron tener una relación más periódica con personas de la Obra. Honoré añade que “me escribieron diciendo que estaban contentos con el espíritu del Opus Dei y que estaban muy agradecidos, puesto que desde hacía mucho tiempo, rezaban para que Dios eligiera un hijo suyo para servirle”. Cuando les informó de que se ordenaba sacerdote, recibió cartas de ánimo de sus padres. Honoré añade que “el apoyo de mis padres ha sido precioso. Me califican como servidor de Dios”.

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